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dilluns, 15 d’octubre de 2007

La vida en estacions


Liceo


Cuerpos que van y vienen buscando su norte. Piezas de historias sin final, que navegan por la Ramblas formando olas de humanidad blanca. Pasos acelerados que vuelven de donde yo voy. Pretérito del lugar que acabas de dejar. Un pie va hacia el futuro y el otro se apoya todavía en el pasado que acabas de dejar atrás. Miradas. Ríos de encuentros llenos de nostalgia. Desde el café, como desde un escaparate, veo el agujero negro dónde las personas desaparecen engullidas por un extraño monstruo, como si se tratara de ofrendas a una bestia. El café es pequeño y no caben muchas mesas. Son de mármol blanco, antiguas. Al entrar en calor me desprendo de la cazadora. Abro la bolso y saco la libreta y el bolígrafo. Quizás me vendrá bien escribir. Miro a través del cristal hacia la calle y con los ojos entrecerrados todos los colores se funden en blanco. El blanco del invierno, de las palabras lanzadas, de la promesa. Me acaricio la cara y miro el papel en blanco. Necesito un café. Un chico mulato insiste con la escoba. Retira con parsimonia los papelitos de colores que el viento hace volar. De lejos, sólo se le distinguen los ojos. Mirada resignada, perdida. Con el pie sigue el ritmo de una melodía empalagosa. Con la mano izquierda me sujeto la cabeza. Me acuerdo de Manel. Dónde están los que no están? Forman parte de mí, de los jugos de mi esencia? O soy como un puzzle formada por piezas de cada sonrisa? Levanto a penas la vista del papel y veo unos zapatos brillantes, unas zapatillas y unas chanclas con calcetines.
–Un café, por favor!
Fuera, en la calle, hay un hombre digiriendo el alcohol que falta en la botella. Al lado un carrito, cargado con una maleta vieja y unas bolsas. En una de ellas leo “familia”. Quién sabe si le recuerdan. Quizás los ha olvidado.
No sé por dónde empezar. Siento que quiero escribir y fuera se está haciendo de noche. Estoy encajada entre la pared y la mesa de mármol. En la calle se encienden las farolas. En el hilo musical escucho una voz que musita “primavera dime dónde estás”. Es como si alguien me leyera el pensamiento. Suenan las cuerdas de una guitarra, arrastrando palabras que no consigo entender. Estoy sentada aquí, bajo la lámpara del rincón. Desde fuera me miran pero nadie me ve. Sentada en un bar de las Ramblas. Ramblas de vida, como un gran río que se agrieta frente al Liceo. Miro el fondo de la taza. En un plato de plástico, la cuenta pagada. Creo que tomaré el metro. Me dejaré engullir por la bestia. Me dejaré llevar hasta la siguiente estación.