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dilluns, 10 de desembre de 2007

Barroso


Los lugareños más ancianos recuerdan cuando la ciudad se llamaba Epicentro y cómo se destruía año tras año por terremotos de extrema magnitud. Gerardo Barroso vivió episodios espeluznantes en su infancia cuando presenció en cada embestida de la tierra como su familia era engullida y todo quedaba destrozado.

Trabajó casi una década en el sótano de su casa, lejos de la luz solar. Sus estudios, finalmente le llevaron a concebir una fórmula que todavía hoy es secreta: la del barro azul. La calidad del material era muy preciada y sus propiedades estudiadas en las universidades de todo el país. El barro azul por su cualidad elástica, permitía construir edificios que podían ampliarse sin realizar ningún tipo de obra. Las familias al casar a sus hijos para contar con una nueva planta, sólo debían contratar una grúa y tirar hacia arriba. La ciudad, totalmente azul, no tenía esquinas ni ningún ángulo recto ya que el material no permitía dotarlo de esa forma. También permitía cambiar el tamaño de las edificaciones sin ningún tipo de problema: el estadio de fútbol circular ocupaba entre semana un pequeño espacio y la piscina municipal en invierno se convertía en un pequeño lago con una fuente. Pero la prueba más evidente de que era un buen invento se observaba cuando la tierra sacudía la ciudad: iglesias, escuelas, cuarteles de policía, viviendas e incluso el ayuntamiento no cedían y simplemente se limitaban a temblar como gelatina.

El inventor del barro azul murió a causa de una extraña enfermedad. Fue el día que salió para descubrir una placa de agradecimiento que le ofrecían los ciudadanos por toda su labor. Barroso salió del sótano donde había estado confinado durante diez años y soportó el discurso del alcalde bajo el sol. En medio de un gran estropicio, se desplomó, rompiéndose en mil pedazos.

Eva
Desembre 2007