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divendres, 2 de febrer de 2007

Ansiedad cronometrada

El tiempo aprieta mi muñeca.
Me siento presa de su esfera.
Sangre que no fluye.
Ansiedad.

Cuanto más corro,
más cerca siento el olvido.
Paseando despacio por la senda,
crece la memoria.

Recuerdo qué dulce era mi abuela.
He olvidado la sal que ayer me pidieron los vecinos.

Recorto la espera, celeste.
Desesperada, empiezo a buscar.
La ilusión perdura unas horas
como perfume.
Las olas recorrerán tu cuerpo
hasta que maduren.

Araño un nuevo minuto.
Extirpo un segundo más
de las horas,
del sol."


Eva

Febrer-Març 2006

Foto: "y diez" de Luis Lucia

Ruta 52



- Tienes que dejar siempre la escopeta en el comedor?

Bonnie estaba harta. Desde que se casaron, Clyde había cambiado mucho. Cuando se conocieron, ella era camarera y él la recogía en el restaurante cada día con su flamante Ford V-8. Siempre admiraba su peinado y le decía al oído cómo le gustaba el perfume. Sus ojos marrones la hacían enrojecer hasta bajar la vista al suelo. Clyde era como Robbin Hood y ella se sentía orgullosa de ese hombre que retaba a la policía en cada una de sus fechorías. El primer día que asaltaron juntos un banco, fue excitante. Todo sucedió muy rápido. Salieron con las bolsas cargadas disparando al aire, mientras el director del banco y los demás permanecían tirados en el suelo. Fue la primera vez que se atrevió a disparar el revolver y comprobó que no tenía mala puntería. Pero la recesión económica de esos años, hizo que el trabajo de Clyde fuera de mal en peor. Se pasaba las horas contando los billetes que les quedaban y bebiendo un bourbon tras otro. Ella lo miraba de reojo mientras recogía la mesa y ya no recordaba el motivo por el cual estaban juntos.

- Si quieres, puedo volver al restaurante.

Clyde ni la miró. Siguió bebiendo y con el humo del cigarrillo dibujaba círculos que se desvanecían en el aire. Hacía casi un año que no trabajaba. Mientras fregaba los platos, Bonnie recordaba cuando les persiguieron cinco coches de la policía y milagrosamente se deshicieron de ellos. Aquella noche lo celebraron por todo lo alto. Se secó las manos con un paño y observó la cicatriz. Se la hizo el día del atraco al Banco Federal. La policía les rodeó y ellos no tuvieron más remedio que escapar con rehenes. Aquella mujer estaba como loca y le hizo un corte con un pedazo de cristal.

- Clyde, me separo.

Siguió sin responder. Bonnie se quitó rápidamente el delantal y haciendo una bola, se la lanzó en la cara. Él no dijo nada. Estaba decidido! No podía estar todo el día viendo como se compadecía. No resistía tener que limpiar los vómitos de todas sus borracheras. No quería seguir en aquella situación. Desplegó el mapa y echó una rápida ojeada a la ruta 52. Cogió su abrigo, la escopeta y salió con el Ford derrapando hacia la carretera. A qué hora abrirían el banco?

El lector - Juan José Millás


"El iniciado estaba leyendo un libro de biología cuando la palabra cucaracha, presente en la página por la que lo tenía abierto, abandonó el lugar que ocupaba en una oración subordinada y se deslizó con agilidad hacia la parte interior del lomo, desapareciendo enseguida por una costura de la encuadernación. Sobrecogido, cerró el volumen y lo mantuvo alejado de sí durante unos instantes, observando sus bordes con desconfianza. Pasado el rato, y como no advirtiera ninguna actividad biológica, pensó que todo había sido producto de su imaginación y volvió a abrirlo al azar, tropezando con el capítulo de los insectos. Leía, pues, el apartado correspondiente al cuidado de las crías por parte de la mosca Sarcophaga carnaria cuando el término mosca comenzó a desplazarse delante de sus ojos y, tras errar de forma titubeante por la página, se dirigió al tercer párrafo, donde aparecía escrito el vocablo cadáver, sobre el que se colocó para digerirlo seguidamente sin prisas, letra a letra, regresando luego a su posición original en el texto. No se había repuesto del susto el iniciado cuando la expresión aparato reproductor, que aparecía en negrita, quizá porque estaba preñada, se aproximó al vacío dejado por la palabra cadáver y la volvió a parir en dos o tres minutos con caracteres idénticos a la devorada por la mosca de los sarcófagos. Fue al oftalmólogo, quien a su vez lo derivó al psiquiatra, que le recomendó un endocrino, según el cual no era raro que en el interior del ecosistema libro sucedieran estas atrocidades orgánicas mientras permanecían cerrados. Pero cuando ocurrían a la vista del lector significaba que éste debía dedicarse a escribir con la seguridad de que de su pluma sólo saldrían frases vivas, dotadas de metabolismo, vesículas y humores. Ahora vive de eso."

Juan José Millás

Con los pies en la tierra


El equilibrista se deslizaba por la cuerda. Mantenía el equilibrio sujetando un paraguas de colores. La cuerda se rompió y se hizo un gran silencio. Lentamente, como si de una pluma se tratara, descendió hasta el suelo.