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dilluns, 25 de febrer de 2008

Dilluns al vespre

Ara que sóc en Tomàs m’escarxofo al sofà i canvio el canal de la televisió de manera aleatòria, mentre observo una mosca verda que xoca un i un altre cop al vidre de la finestra. Em miro distretament les cames i les veig tan peludes que de l’ensurt em llevo d’un salt. Una suor freda em fa amarar la cara i quan m’hi passo la ma, m’horroritzo pensant que aquella barba tan serrada no és meva. Sobreposat de la troballa, m’apropo al mirall i trec la llengua, blanca. És aleshores quan comprovo que un borrissol fosc, em mira descarat des de les foses nasals i les celles han deixat de ser una desfilada de punts suspensius.

Ja m’ho diu la meva mare: Nena, has de deixar la teràpia!

Armando Asín versus Armando Asín

Otra vez las mismas preguntas. ¿Cómo nos encontramos esta semana? ¿Cómo hemos dormido? ¡Lo abofetearía! ¿Qué cómo hemos dormido? ¡Para abreviar: no duermo! No puedo soportar que me hable en plural. Como hablan las enfermeras a los enfermos. Son sólo preguntas. ¿Qué les importa si duermes o no? Me paso las noches tendido en la cama, reviviendo las mismas cosas. Es una película muda, en blanco y negro.. Debería preocuparse más por otras cosas, como mantener la consulta limpia de polvo. Siento que cualquier día me quedaré pegado al diván, lleno de lágrimas de cualquier histérica o de babas de alguna retrasada. ¡Qué asco! Y él se siente importante preguntando ¿Cómo nos encontramos esta semana? Si supiera que cada día me recuerda más a un gusano. Lo aplastaría cuando lo veo reptar por la habitación. Con su pelo grasiento y las manos regordetas haciendo bolitas con un pedazo de papel. Ni siquiera me mira la cara. Se entretiene observando algo que flota por encima de mi cabeza y mira de soslayo el reloj. Me revienta que disfrute viendo cómo pasa el tiempo mientras yo lo estoy perdiendo. Me ha tenido esperando casi media hora en la entrada. La majadera de la recepción ni siquiera tiene las revistas actuales. Marzo 2006. Media hora mirando la pared mal pintada y el cuadro torcido. Juraría que aquel hilo ya estaba la semana pasada en el cenicero de plástico. La próxima visita me fijaré. La habitación huele a sudado, a rancio. Pero, ¿no sé da cuenta? ¿Mi madre? ¿Cuántas veces le he contado que está muerta? Muerta y enterrada. Y no, no la echo de menos. ¿Cómo voy a echarla de menos si nunca se preocupaba de mí? Sólo parecía percatarse de mi presencia cuando le molestaba con mis juguetes, cuando me ponía enfermo y si la llamaban de la escuela para quejarse de mi comportamiento. ¡No odio a las mujeres porque veo a mi madre en ellas! Ha comido cebolla. Con lo que me cobra ya se podría permitir un buen dentista que le trate la halitosis. Estoy perdiendo el tiempo. No sé porque vuelvo cada semana. Sólo quiero que desaparezca éste dolor de cabeza. ¡Creo que me va estallar! Si se desvaneciera esa sensación de que algo horrible esta creciendo en mi vientre, quizás me encontraría mejor. Es como si los intestinos se fueran secando, retorciendo. Sólo me sentí bien cuando lo hice. Por unas horas me sentí como antes, e incluso pensé que podía seguir viviendo sin dolor. ¿Qué hace ahora? Ni siquiera toma apuntes. Sólo garabatea algún dibujo y aborta algún bostezo. Me molesta el ruido de la pluma. Se parece a la de papá. Es lo único que me une a él. No me entiende y yo me he esforzado mucho y se lo he explicado infinidad de veces. Nuestras vidas son diferentes y yo no voy a cambiar. Acéptame como soy y deja de mirarme como si no me conocieras. ¡Soy yo, tu hijo! ¿Tengo que zarandearte para que te enteres? No tuve nada que ver con lo que pasó con mamá. Era como si yo no existiera. Ella ni siquiera se fijaba en mí. Pero yo, sí que lo hacia. La miraba cuando tejía el tapiz sin fin. La muy tonta se creía Penélope y esperaba. Esperaba. Y él, su amante, no iba a volver. Me acuerdo de haberlo visto en varias ocasiones cuando era pequeño. Al despertarme siempre iba a la cocina, y al pasar frente a la puerta entreabierta del dormitorio miraba a hurtadillas. Veía su brazo peludo asomar entre las sábanas y la ropa tirada en el suelo. El hedor a sexo era insoportable. ¡Me va estallar la cabeza! ¡Maldito loquero! No soporto que le de tantas vueltas a las cosas. ¡Pregúntame si murió por mi culpa y acabemos!

Geber 2007