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dimarts, 22 de gener de 2008

La tata

"¡Era curioso! Cuando entraba en la cocina de tata Manolita, no podía dejar de recordar cuando era niño. De puntillas, sin apenas sacar la nariz por encima de la mesa, pasaba su dedo húmedo por el azúcar y los restos del último pastel. En algunas ocasiones, se sorprendía al lamer su índice y toparse con sabor a mar. Siempre que regresaba a aquella casa, no podía resistir pasar la mano por la antigua mesa, casi furtivamente. Ni sonreír, cuando observaba las paredes oscurecidas por el humo. De pequeño, creía que eran de chocolate y caramelo, y con un tenedor rascaba en una esquina de la estancia, intentando romper un pedazo. Manolita le contaba en cada una de sus visitas, que su madre le daba el pecho sentada frente a la ventana. El tragaluz sabía a su madre, a ternura, a protección. Todavía, apoyando su mano en el cristal, le parecía notar en los labios un aire entre agrio y dulzón. Una templada sensación de cobijo. A través del único ojo de la estancia, intentaba adivinar qué escondía la niebla. No había ocasión, en la que no imaginara más allá de la bruma. Un mundo de formas intuidas, sospechados colores y aromas que se presienten. A menudo, el marido de Manolita le pedía que le acompañara en su trabajo en el huerto. Él saltaba, intentando agarrar el cesto de mimbre hasta que se lo bajaban de la percha. Cuando nadie lo observaba, y después de toquetearlo, no podía evitar llevarse la mano a la boca. Le gustaba imaginar que se había convertido en una enorme cebolla o en un gigantesco caramelo de ajos tiernos. Pasados unos años, su madre le había reñido alguna vez por chupar la cesta de la compra. Cuando regresaban de la huerta hasta la casa, y si se había portado bien, le dejaba coger el garrote. En la empuñadura sabía que se mezclaban el tabaco de liar y la tierra mojada. Lo relamía, pese a que siempre le sabía a esfuerzo y a resignación. Le encantaba sentarse en el regazo de Manolita, y abrazarse a ella con el oído sobre su inmenso corazón. Esperaban mirando por la ventana, hasta que el trigo se convirtiera en milagro y el aire de la estancia se llenara de pan. Emocionada, dejaba que el niño pasara la lengua por su mejilla húmeda.
Siempre pensó que aquél, era el sabor de la felicidad.
Una mañana en que su madre venía a recogerlo, el marido de Manolita le pidió de nuevo que le acompañara a la huerta. Recogerían tomates pintados de rojo y verde, alguna lechuga fresca y crujientes rábanos para una espléndida ensalada. El niño saltaba intentando alcanzar los tomates más altos de la mata. Finalmente terminó cayendo en un charco lleno de barro. El marido de Manolita sin dejar de mirarlo, le quitó muy lentamente los pantalones y le dijo que no hablara, señalándole con la cabeza el garrote. Cuando regresaron a la casa el niño llevaba el pantalón sucio y desabrochado. Manolita miró a su marido y no dijo nada. Al mediodía y después de bendecir la mesa, los cuatro empezaron a comer. En silencio, ninguno levantaba la cabeza del plato. Todos notaron que la ensalada sabía raro. Manolita, al reconocer el sabor, miró a su marido y le resbalaron unas lágrimas de los ojos. El niño, se levantó y corrió a abrazarla. Pasó la lengua por sus mejillas. Su madre empezó a gritar. El hombre no dejaba de mirar la ensalada.
Entonces supo que jamás volvería a ver a Manolita, ni volvería a reconocer la felicidad."
Eva 11/12/2005