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divendres, 18 de gener de 2008


Em van escopir al món
i em van lligar de mans i peus.
Van falcar la porta d’entrada
i van apagar el llum.
Camino sense moure’m.
Crido, en silenci.



Eva - Gener 2008
(Tres parts en moviment. Part tercera.
Rosa Virgili)

Se paró en el semáforo, hasta que el muñequito cambió su traje rojo por uno verde. Un viejo periódico revoloteaba a sus pies. Pisoteó un par de hojas. Restregó sus zapatillas hasta que una palabra quedó pegada a las suelas. Suspiró. Continuó andando, acelerando el paso. Parecía sentir frío. Especialmente en sus grandes manos. Llevaba una mano ocupada con la bolsa roja y blanca de la compra: pechugas de pollo, media de huevos, lechuga y atún. En la otra, humeaba un cigarrillo. No hacia más que soñar en las próximas vacaciones. Recordó el último septiembre: bullicio, el calor del sol, la tormenta que cayó en la isla una de las tardes, la drag queen que desfilaba cada noche por el paseo, los gin tonics, la siesta, el blanco y el azul, las resacas, el aroma a aftersun. Pero ahora parecía sentirse enjaulado, preso de los grilletes de las posesiones, de las facturas, de los recibos, de los números rojos, amarillos, celestes. Su válvula de escape era fantasear, cada noche, a través de aquellas imágenes entrecortadas del chat. Contar los días que quedaban para el encuentro. Sin a penas darse cuenta, llegó al final de la estrecha calle. Dudó en ir a derecha o a izquierda. Fue consciente en ése momento, que desde hacia tiempo vivía con esa incertidumbre. Su vida era una mera dualidad: El cariño de siempre, de la confianza de años, de la estabilidad de lo conocido. Por otra parte, sentía el vértigo de lo desconocido, de la atracción más primitiva. Torció a la izquierda, pasando entre un grupo de inmigrantes. Al llegar a su casa, soltó la bolsa en la barra de la cocina; entre el periódico del domingo, un libro que le habían prestado hacia meses y que todavía no había empezado a leer, y un vaso con restos del zumo de la mañana. Siempre había contado lo feliz que se sentía en casa. Era como su pequeño mundo, donde realmente se sentía libre y seguro. Un templo que no compartía. Simplemente lo hacia con quien le apetecía. En el baño, se observó en el espejo. Echaba de menos su antigua cara, su silueta de adolescente. Recordaba a menudo, quién era: un larguirucho simpático, sin muchas ganas de estudiar. Ahora que habían pasado los años, comprobaba que éstos dejaban huella. Era difícil hacerse a la idea de que ya pasaba de los cuarenta! A pesar de ello, todavía se sentía deseado. Lo sentía en todas sus llamadas, en las palabras susurradas, en miradas cruzadas a través de la pantalla, en las caricias robadas. Era consciente, en muchas ocasiones, que podía llegar a parecer seco, incluso brusco. Pero decía que él era así. Y a esas alturas ya no iba a cambiar. Fue a la habitación y se sentó frente al ordenador. En su mano humeaba un cigarrillo que dibujaba parábolas en el aire. Abrió despacio uno de los sobres del banco. A penas sacó el extracto. Le echó una rápida mirada y con rabia lo convirtió en dos mitades desiguales. Observó durante un instante los dos pedazos del sobre y los dos pedazos del extracto. Su cabeza también se dividía en dos. Sus sentimientos se partían. Continuaba mirando la pantalla. Sin parpadear. Sonó el teléfono. Sí, estaba bien. Sólo se sentía un tanto nervioso. No, no dormía bien. No quería salir esa noche. Estaba cansado. No era verdad! Porqué decían todos que últimamente siempre estaba cansado? Estaba cansado de que no sucediera nada. Cansado de la incertidumbre. Cansado de no tener dinero. Cansado de un trabajo rutinario. Colgó. Fue hacia su dormitorio. Sacó la maleta del armario y la llenó compulsivamente de ropa. Cerró la puerta de un portazo, olvidando atrás la pantalla que le esperaba, el teléfono que insistía. Anduvo rápido por las callejuelas serpenteantes. Su cabeza daba vueltas. Flashes de imágenes. Velas e incienso. Fragmentos de conversaciones. Un te quiero. Caricias compartidas. Su olor en la piel. Al llegar a la avenida tomó un taxi. Iba a hacer una locura. Pero no era muy cuerda hasta entonces su vida. No hacía nada de lo que le apetecía. No pensaba con libertad. No estaba con quien quería. No era esa la mayor locura? Sentado en el taxi, hacia el aeropuerto, veía pasar los edificios, las fábricas. Parecían irreales. Escenarios de cartón piedra. Como su vida. Sintió un vacío en el estómago y una lágrima recorrió su rostro. Sus ojos, tapados por las gafas, se inundaban de nuevas ilusiones. Era una extraña mezcla. Había tomado una decisión. Pensó que esa sería la última vez que lo haría. Ahora sabía dónde y con quién quería estar.
Se acordó de la palabra que se había pegado a las suelas de sus zapatillas. Levantó el pie para verla. Sonrió. Sólo decía: Hazlo!
Feb. 2006

Per a tu, que saps qui ets. Un petonet!