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divendres, 22 de febrer de 2008

Trayecto

De nueve a cinco y otra vez en la calle. Subo a la motocicleta y me dejo engullir por el tráfico. A través de las luces centelleantes de la calle esquivo las manchas de aceite. Entre el rojo y el verde, llevo la cara oculta por el casco. Escucho fragmentos inteligibles de conversaciones, de vidas perecederas. Fugazmente una mirada, un clic y todo se desborda. Sentada en la motocicleta, me subo la falda unos centímetros, la feminidad a flor de piel. Los motores destapan un rugido, como el del guepardo. Unos metros más, una nueva parada. Otro semáforo y la sensación de sentirme observada. El calor del autobús cercano. Miro su mano, sin anillo. Encuentro sus ojos en la pierna. Subo la falda un centímetro más. Un semáforo más y ésta vez para junto a mi, la moto rozando la suya. Su mirada me recorre, entreteniéndose en cada rincón. Sonrisa metálica. A lo lejos, un atasco. Desabrocho el escote y se presienten mis senos, palpitantes. Semáforo verde. Él se mueve lentamente, sin precipitación. Tengo la boca seca. Veo como mira el reloj. Nada de tiempo para compartir. Las ganas rotas. Él me mira por el retrovisor. Lo acecho, como un depredador sin dejar escapar a la presa. Se han fundido las luces centelleantes de la calle. Nuevamente juntos. Creo que está excitado. No deja de mirarme, desnudando cada parte de mi cuerpo. Me siento llena. Llena de deseo. Llena de sus ojos en la piel. La magia está en suspenso. Un policía nos hace circular. Él sigue recto, y yo tuerzo a la derecha. Así nos separamos.

Al volver la calle, aminoro y paro. Bajo despacio la falda, abrocho los botones de la blusa y subo la mano derecha hasta el casco. Levanto la visera, negra, opaca y sonrío. Ahora ya puede volver a casa.

Detrás de esa máscara me puedo permitir arriesgar.

Gener 2006