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divendres, 6 d’abril de 2007

Ensalada de la casa

Se sentó frente a él, con la cabeza gacha. Mirando a través de la ventana sacudió la servilleta hasta que la abandonó en su regazo. Había dicho - tenemos que hablar-. Y ella no quería escucharlo. Hacia tiempo que sabía que ocurría. Miró como sus dedos rozaban el mantel blanco, impoluto, mientras él enlazaba excusas. No podía soportarlo más. Sorbió el vino intentando borrar el sabor amargo de su boca. Le recriminó que no lo escuchaba y era cierto. Pensaba en cómo terminar. Él cortaba en minúsculos pedazos el tomate, la lechuga, la cebolla y hablaba con palabras de aceite y sal. Ella levantó la vista y posó los ojos un instante en los suyos. Aleteó dos veces las pestañas y fijó en él la mirada. Bastó un instante. El vino se vertió y manchó el mantel blanco, impoluto y el cuerpo inerte quedó tendido encima de la ensalada de la casa.