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dissabte, 26 d’abril de 2008

Esta noche saldré. Me quedaré en la barra, observando. Cuando alguien me mire, me moveré. No hablaré con nadie. Buscaré el baño y me observaré en el espejo. Tendré los ojos rojos, inyectados en sangre y una mueca extraña en la cara. Me habrá costado mucho elegir la ropa. Para pasar desapercibido. Alguna niñata se me acercará. Tendré que decir que quiero estar solo. Pediré otra copa. Sí, otra. ¿Qué pasa? Estás aquí para servirme y guárdate tus malditos comentarios maternales. Ella me decía "¿Te has lavado las manos? Abróchate bien la camisa." Para que todo el mundo hablara de su maravilloso hijo. La madre ejemplar. ¡Menuda mierda! En el bar, me mancharé. ¿No eres capaz de secar la barra? Sólo se ocupaba de decirle una y otra vez las mismas frases. Como una máquina. Un maldito autómata. Ella sólo estaba pendiente de cuándo podría verse con él. No soporto los brazos peludos. Esos brazos que la abrazaban en la cama. Nunca le vi la cara, pero entre cientos lo reconocería. Cuando se iba, quedaba en la habitación, en toda la casa, un aroma dulzón que me daba arcadas. Y él, mi padre, no parecía darse cuenta. Él sólo me repetía el trabajo es importante. ¡Y una mierda! Tomaré otra copa. En el bar pasará el tiempo y cada vez quedará menos gente. Rebuscaré en el bolsillo el último billete y pediré una copa más. Se fijarán en mí. ¿Qué cuchicheáis? Malditas bocas de halitosis. Ni se te ocurra tocarme. Al encender las luces, saldremos a la calle. Una de las mujeres sostendrá a la otra, entre risas. A penas me mantendré en pie y me sentaré en el capó del coche que habrá aparcado frente a la puerta. Una de ellas se acercará a mí, alargará la mano y me acariciará el pelo. Escupiré en su cara. Las mujeres no dejarán de insultar y darme patadas. Me tirarán al suelo y seguirán golpeándome. El portero del local tendrá que separarnos. Me levantaré, despacio y me alejaré cojeando calle abajo. Lloraré en silencio hasta llegar a casa. Sonámbulo, pero no lo bastante borracho.
Eva
Fabrer - 2008

Plan de vuelo

Necesito hacer algo!Voy de casa al trabajo, y del trabajo a casa. ¿Me he olvidado de cerrar el ordenador? Cuando pasan cinco minutos te pide la contraseña. Mal invento para ojos curiosos. ¿Porqué la gente no se ocupa de sus cosas? La vecina del primero creo que me vigila. Llego a casa y está cada día frente a la puerta con su feo chucho. ¿Sabrá que fui yo quién desató la correa? Lo tendrá drogado porque al soltar la cadena el perro ni se inmutó. Vio la puerta abierta, la calle, y no echó a correr. Si me gustara, podría salir a correr un rato. Un poco de ejercicio me vendría bien para poder dormir. Mierda de pastillas que no sirven para nada. ¿Cuánto tiempo se puede vivir sin dormir? A veces cierro los ojos y casi lo consigo. Pero un ladrido, maldito chucho, el motor de una moto, o la soledad me hacen volver a la realidad. ¿Hay alguna forma de escapar? ¿Correr? Descartado. Quizás podría salir alguna noche. Total, tampoco duermo. Mañana por la noche me acercaré a algún bar y tomaré una copa. Quizás bailaré. La última vez fue con él. Corrí las cortinas para evitar que nos observaran y sólo nos dejamos llevar. Al principio nos reímos como locos. Saltando e intentando alguna pirueta. Luego entre jadeos seguimos los compases de lentos empalagosos. Sólo dejamos encendida la vela sobre el mueble. Yo sentía el tener que separarnos, pero era poco tiempo y el reto interesante. En la penumbra de sus ojos vi la duda. No supo disimular. Cambié de canción y sonó Madonna. Jump. Me quité la camiseta y la hice volar por encima de su cabeza. Él reía. Tenía unos dientes preciosos y auténticos, y yo caí presa de una extraña convulsión. Él zarandeaba la cabeza y movía brazos y manos. No podía dejar de mirar sus dedos. La canción repetía una y otra vez "¿estás preparado para saltar?" Mientras, nosotros nos preguntábamos lo mismo. Ese maldito perro piojoso. No la soporto. Todo el día merodeando en la vida de los otros. Ella, que no tiene vida. La miro andar por la calle. Lleva esa falda que sobresale bajo el abrigo, color verde moho. El abrigo azul, está sucio y huele a naftalina. Necesito hacer algo. La revista sigue abierta por la misma página. No sé si me molesta más verla cada día sobre la mesilla, o pensar que algún día tendré que recogerla. No la tiraré. La guardaré con sus cosas. Miro sus cuadros en el trastero y huelo a pintura húmeda. Los pinceles sumergidos todavía en el agua de colores. Otra vez esa maldita mujer y su perro. ¿Cuándo dejarán de joderme? Creo que me ha robado un par de cartas del buzón. Maldita bruja.
Me va a estallar la cabeza. La muy babosa me suplicaba. Sólo repetía porqué, porqué. La sangre le caía del labio al abrigo azul y no dejaba de moquear. ¡Qué asco! El perro ahora está solo y no deja de ladrar. ¿Cuándo van a llevárselo?
Eva Febrer 2008