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dimarts, 11 d’agost de 2009

El encargo

El escritor está nervioso por el encargo. Se pasa las manos por la cara, roja y sudorosa, una y otra vez. Atusa el cabello y con el dedo índice peina y despeina la ceja. Suelta un bufido. Mira la pantalla del ordenador y parpadea. Se pasa los puños por los ojos mientras arruga la nariz. Tiene un tic en el ojo derecho. ¡Estalla! ¿Cómo escribir de lo que no sé es: una mujer negra, de izquierdas, judía y lesbiana? Él es un hombre. Un hombre blanco y muy, muy heterosexual. Su trabajo muchas veces le angustia. Pero tiene que cumplir el encargo. Por dinero, tiene que hacer cualquier cosa. Cuando le preguntó al director por qué, le contestó, por coherencia. El escritor que tiene dos chicos en la facultad y la casa de la playa por pagar, se levanta de la silla despacio y arrastra los pies hasta el armario. Rebusca. Es su trabajo: escribir sobre Rosanna. Negra, de izquierdas, judía y lesbiana. Cuando termina se mira en el espejo. Ladea la cabeza hacia la derecha. Asiente. Suspira mientras recuerda a sus hijos, la casa en la playa. Tiene que ser capaz de hacer cualquier cosa. Observa su reflejo. Los zapatos de tacón le matan, el vestido es pequeño y el maquillaje oscuro le sienta fatal. Vuelve frente al ordenador con paso decidido y escribe: "Rosanna está nerviosa por el encargo."
El ojo soñó que era libre. Se abría el párpado y escapaba deslizándose hacia abajo por las pestañas. El ojo soñó que ascendía hasta el lagrimal y se dejaba caer por la nariz, como si de un tobogán se tratara y que salía despedido hasta la pecera. Durante unos minutos flotó, hasta que el pez naranja lo echó de su cárcel.