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dijous, 6 de desembre de 2007




El turista caminaba dando tumbos. Con un pequeño machete, se abría paso entre la espesa maleza. La humedad le hacia sudar, cómo nunca lo había hecho. Buscaba la salida de aquel infierno. Quería regresar. Había salido del campamento para dar una vuelta. Habían pasado ya, dos días y dos noches. Por mucho que andaba no encontraba la salida de ese mal sueño. Cuando empezaba a desfallecer y perder las fuerzas, escuchó un ruido. Siguió andando, hasta oír el rumor de agua. Llegó a la orilla de un pequeño río. Con gran sorpresa, vio cómo se bañaba una mujer. Extrañado, la observó desde su escondite. Cuando salió del agua pudo verla bien. Era indudable que no se trataba de una turista. Los rasgos de su cara y su piel excesivamente morena, le llevaron a pensar que era una indígena. Se movía como un felino entre las piedras y olisqueaba el aire. Parecía feroz, casi un animal. Pronto le descubrió. El turista viendo que se acercaba, fue retrocediendo, de una manera casi instintiva, hasta que la mujer lo alcanzó. Cayó de espaldas al suelo y ella se sentó a horcajadas, encima del vientre. El hombre, preso del pánico, no podía articular palabra. Ella lo miraba sin ningún pudor, olía sus ropas, su pelo, su piel. El turista, inmóvil, estaba horrorizado. Miró sus ojos rasgados, oscuros. Sus pechos eran los de una mujer joven. No podía articular palabra. La mujer, sin mirarlo a la cara, arrebató el arma a su presa, y con un movimiento rápido le rasgó la camisa, casi rozándole la piel. Quizás creyó que lo iba a matar, pues dejó de respirar por un segundo. La mujer observaba su piel blanca. Hizo lo mismo con sus pantalones, sus calzoncillos. Extrañamente, la cercanía de la mujer lo excitó. El turista quedó tendido en el suelo, desnudo. Ella le pasaba la palma de la mano por el cuerpo, lentamente. La mujer empezó a canturrear una extraña melodía. Se movía lentamente, hacia delante y hacia atrás. Escupió al suelo. Cogió un poco de tierra húmeda con el dedo y lo pasó por su frente. Los movimientos eran cada vez más rápidos, casi compulsivos. El hombre no podía pensar con claridad. No habría sentido nunca, nada igual. La mujer emitía extraños sonidos, cada vez más agudos. Miraba hacia el cielo, con los ojos levantados e implorantes y su cuerpo no dejaba de contraerse encima del hombre. Era como si lo cabalgara. Los movimientos, llegaron a semejar espasmos. El arma brillaba en su mano. Los cánticos se convirtieron en salvajes gritos. Los pájaros salieron en estampida de los árboles que les rodeaban. Tomó con las dos manos el machete y en medio de un espantoso alarido se lo clavó en el pecho.

Se hizo un gran silencio. Con una precisión casi de cirujano, le extrajo el corazón y le dio un gran mordisco.

Eva - Febrer 2006