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dijous, 3 de juny de 2010

De puertas adentro

-¿Manolita, me prestas dos tacitas de arroz? Cuando vaya a la compra te las devuelvo.
-No seas tonta, toma un quilo. ¡Vendrá de dos tazas de arroz!

Manolita cerró la puerta pensando qué comerían al día siguiente si Paca, su vecina, no le devolvía el arroz. Se encaminó a la cocina, tan rápido como le permitía la pierna. Cuando pasó por delante del comedor, se asomó sin hacer ruido y miró de reojo al saco que dormitaba en el sofá. La televisión como siempre encendida. Respiraba por la boca y el hilo de baba le había mojado el pecho de la camisa. En la cocina hervía la olla: puerros, nabos, una zanahoria, un par de hojas de col, un poco de grasa de tocino que le enviaban cada año del pueblo y un par de alitas de pollo. Peló las siete patatas, una por cabeza, mientras pensaba de dónde sacaría el dinero para el viaje de fin de curso de Ignacio.


- ¡Manolita!
- ¡Dime Concha!
- Chica, ¿qué haces para comer? El patio huele que alimenta.
- ¡No seas exagerada! Pues nada, hoy por no hacer pescado otra vez, estoy preparando un puchero. A los chicos les gusta.

Pescado. En aquella casa el pescado sólo se veía por la televisión. De repente en el comedor, la tos, aquella tos desagradable que nunca iba a desaparecer. Subió el fuego para que hirviera rápido el caldo. La tos seguía, junto las palabrotas entrecortadas y los golpes. Seguía tosiendo y golpeaba la mesa con los puños y los ojos vidriosos se le tenían con sangre. Manolita corría tan rápido como le permitía su pierna y miraba sin saber qué hacer. Se ahogaba sin remedio, como nunca le había ocurrido. La cara parecía una máscara y como si fuera un pez fuera del agua, trataba de atrapar algo de vida. La tos fue cada vez más entrecortada, más lenta, más silenciosa. Volvió a la cocina donde el caldo había apagado el fuego y abrió la ventana para que se ventilara el gas. Se santiguó lentamente y dijo en voz alta: mañana será otro día.