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dissabte, 6 de gener de 2007





Le enseñó a atarse los zapatos de los domingos, a leer con el único libro que tenían, a cantar viejas canciones infantiles. Si estaba enfermo le hacía una infusión y le daba calor en el vientre con sus grandes manos, sin separarse de él ni un momento. Para que comiera, le distraía haciéndole el avión. Vivían al lado del teatro. Al niño le gustaba ver como se arreglaba las uñas, como enrollaba su pelo mojado en unos tubos de madera y se ataba a la nuca la redecilla azul. Lo acostaba en la cama, rezaban juntos y le hacia cosquillas. Con la manita, le acariciaba el bello del pecho. Después la madre apagaba la lámpara y besaba su frente. Y el niño sonriendo le decía: -mamá, pinchas!