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dimecres, 15 de febrer de 2017

banda






Diario de la banda

Cuando llega el momento de abrir la caja, Freddy me saca de quicio. Se coloca el estetoscopio con parsimonia y nos lanza una mirada de chulo.  Nos hace estar en silencio para que el señorito pueda escuchar el ruido de la máquina y dar con la combinación de la caja fuerte. Todos sabemos que está como una tapia y no ausculta nada y que todo lo hace gracias a un artilugio con microchip que le costó una pasta. Así que en cada robo tenemos que hacer la comedia y seguirle el rollo, porque la máquina es suya. No hay máquina, no hay trabajo.  Lo de Rufus también tiene delito. Los días de atraco se pone nerviosísimo y no puede evitar hartarse de comer y nos atormenta con sus ventosidades. Tío guarro. Ya os podéis imaginar el suplicio: somos cuatro dentro de la caja fuerte, los utensilios, el soplete, todos sudados y hay muy poco espacio. Así que tenemos que dejar la puerta del banco entreabierta, siempre con la precaución de no quedarnos encerrados dentro de la caja de caudales por un golpe de aire. Otro momento difícil es la huida. Freddy tiene la manía de sacar la mano por la ventanilla haciendo el signo de victoria. Y Rocco en plena carrera de escape le grita que no saque la mano. Le cuenta siempre la misma anécdota de la amiga de una conocida suya que un camión le arrancó el brazo. Contar no se lo cuenta, se lo tiene que chillar, porque está muy sordo. Yo por no entrar en discusión, ya son muchos años con las mismas disputas, miro cómo corren los cables de la luz, paralelos a la carretera. Parecen el pentagrama de la banda sonora de nuestra huida. A esa hora habrán dado ya aviso a la policía. Mientras, los pájaros cortan el cielo gris de octubre y nuestro coche, le llamamos Rayo, surca el estado a toda velocidad.  Cruzamos Sin City arrancando el asfalto. Recorremos la calle mayor a gran velocidad. Con el Rayo cortamos las distancias como una tijera que corta nuestro destino. Todo va de maravilla si no fuera por Rufus. En cada golpe, mientras la policía nos persigue, dice que nos tendrían que dedicar una sinfonía y le da por tocar la harmónica. Cuando ya casi nos alcanza la policía, Rocco no para de disparar la Smith and Wesson. Forma tal humareda que serviría para alertar a la policía de nuestra situación, si no fuera porque la llevamos pegada a los talones. El ruido del motor del Rayo, las ventosidades, los disparos, el humo y la harmónica me causan un gran dolor de cabeza y me pregunto si no estaré enfermo. Ya os digo yo que un día de estos vamos a tener una desgracia. Menuda banda.