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dilluns, 5 de març de 2007

Cuatro palabras

Argumentos anotados
Note books (Nathaniel Hawthorne - 1868)
“En medio de una multitud imaginar a un hombre cuyo destino y cuya vida están en poder de otro, como si los dos estuvieran en un desierto.”



Apenas hacía una hora que se había hecho de día. El calor era sofocante. La muchedumbre gastaba palabras y oxígeno. El inculpado seguía implorando pese haber perdido toda esperanza. Con el hombro se enjuagaba de la cara, las gotas de sudor. La ropa se le había pegado al cuerpo como una segunda piel. Ya no sentía las manos esposadas a la espalda y las piernas le flaqueaban. El sol arremetía con fuerza. La horca se había dispuesto en el fondo de la plaza. El acusado buscó entre la gente. Se fijó en una figura que se acercaba. Como en un espejismo, una forma desdibujada parecía flotar en el sofocante ambiente. La ilusión, provocada por la tórrida temperatura, se materializó en un hombre. Vestido con toga, anduvo sin apartar de él la mirada. El reo tampoco podía apartar los ojos del magistrado. Era como si no existiera nadie más. De su veredicto, dependía el quedar libre. El juez se acercó hasta quedar casi frente a él. Por encima de sus gafas, no dejaba de intimidarlo. Sólo apartaba la vista para comprobar la hora en su reloj. El prisionero quería gritarle que no era culpable. Pero no podía, sentía la sed arañándole la garganta y cada músculo le dolía como si le hubieran clavado cientos de agujas. Sintió que estaba solo frente a él. La muchedumbre zumbaba pero dejó de escucharla. Sólo veía sus ojos, las manos y el desprecio. Y él, no era culpable. Por encima del murmullo, sólo su temblorosa respiración, intoxicada de miedo. El magistrado lo examinaba, mientras su mano derecha tenía el puño cerrado. Las mandíbulas apretadas. Y su mirada era una mezcla de odio y asco. El prisionero intentaba tragar saliva, pero permanecía en su boca, hermética por el terror. Él no era culpable. El sonido de una campana rompió el bochorno y se hizo un silencio. El juez sólo dijo cuatro palabras. Contuvo su ira y fueron casi un susurro, como si las palabras se derritieran. Al llegar el sol al punto más alto, se habían secado todas sus esperanzas. La sombra del prisionero se licuó y fue a parar a sus pies. El gentío fue evaporándose lentamente de la plaza. Las callejuelas absorbieron hasta la última vida. Como a un muñeco de trapo, lo llevaron casi en volandas hasta el cadalso. Había tirado la toalla. Con la soga al cuello, la expresión de su cara se congeló. Lo miró por última vez y sus retinas se marchitaron. Las convulsiones dieron paso al balanceo de la soga. El juez permaneció junto a él, hasta que la sombra del hombre ahorcado, se borró.

21/02/2007