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dijous, 1 de juliol de 2010

De la primavera y otros desastres

Es lunes y luce el sol. Darío M. extirpa la piel que le envuelve, la que le refugiaba del frío. Darío M. siente que ya casi no queda nada de la castaña que ha sido, envuelto en piel dura y lleno de pelo durante meses. El invierno se ha detenido, y como una cebolla, han ido cayendo las capas, algunas más finas e inocuas, otras más gruesas y dolorosas. A las tres llegará la primavera, y deberá rebuscar entre hojas podridas y setas echadas a perder, algún color con el que vestirse. La primavera llega fuera de horario y el acné de Darío M. y sus alergias tienen jet lag. Ese lunes, los pies amanecen llenos de granos, el ombligo lagrimea y se obtura con alguna legaña traicionera. La primavera no llega hasta las tres y a Darío M. ya le nacen pequeños tallos, brotes tiernos en los oídos. Darío M. a penas se da cuenta de lo que pasa a su alrededor por que está sordo, rezuma clorofila y sabia. Las pequeñas raíces obturan el conducto auditivo. En el reloj de arena suenan las tres y empieza la primavera casi sin notarla. El tallo con las primeras hojas verdes asciende a través de su nariz hasta el lagrimal. La humedad de sus ojos siempre le regala a Darío M. la mejor cosecha, los más grandes girasoles. El amarillo de los pétalos tiñe sus retinas, se esparce por su cara, inunda su sangre, ocupa su boca, corroe su hígado. Darío M. deja de pensar y por tanto ya no es. Si no piensa, no existe. El reloj marca las cuatro, una hora menos en muchos lugares del mundo. Y de las semillas del que no piensa y no existe nace María D., que renace cuando empieza la primavera de un lunes en el que todavía luce el sol.