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dimarts, 29 de maig de 2012

Azul

Ella tenía los dedos largos, como si acabase de tocar el cielo. A veces los dejaba descansar sobre sus rodillas y así pasaba el tiempo. Observaba las uñas violáceas cansadas de arañar minutos, paredes, entrañas y eran la prueba inequívoca de una vida nada fácil. No había podido dejar de mirar sus manos, pues le parecían ajenas a ella, llenas de vida propia. Suplicantes, defensivas, amorosas, sensuales. Sus manos decían más que sus palabras, gritaban más que sus silencios. Formaron una garra en momentos de dolor. Habían buscado algún atisbo de vida en su cuerpo y escarbaron en todos los rincones. Sus dedos largos habían señalado miles de caminos y ninguna salida. Y ella que las miraba a contraluz, intentaba ver si quedaban huellas de todo lo que había tocado. Las manos del párate y perdona, las que en las palmas mostraban los surcos de su ir y venir, de la rabia y del miedo. Manos desesperadas que abrieron el frasco, dedos que pinzaron las píldoras azules y ella, que yacía con los dedos fríos, las uñas mordidas y las manos abiertas.