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dimarts, 29 de maig de 2012

Cabinas

    Estará sonando el teléfono en la sala. Como siempre habrá dejado las puertas abiertas del balcón abiertas y se colará el ruido de la calle. Olerá a geranios y a la lavanda que plantó la última primavera y al humo de los coches. El timbre repiqueteará en el salón y retumbará el sonido entre los libros ordenados.
    Estoy pegada al teléfono, de espaldas a la calle, encerrada en la cabina como si de una cárcel se tratara, a la espera de escuchar cómo descuelga y percibir, como mínimo, un leve clic que me tranquilice. Se ahogaba, ayer a la noche se ahogaba y me asusté mucho. Vi su cara azulada, los ojos rojos y sus dedos cerrados firmemente en el reposabrazos. Caen las monedas, otra vez, y no sé si agarrarlas y echar a correr hacia casa. Pero las vuelvo a introducir y da línea otra vez y creo que ésta vez descolgará el teléfono. Siempre me hace lo mismo. Y yo me desespero imaginando mil formas de morir, todas horribles, por supuesto, y al final me tranquilizo pensando que no ocurre nada, que nunca ocurre nada. Que suena el teléfono en la sala y el timbre es un eco que reverbera entre volúmenes gruesos y antiguos, fotos en blanco y negro, jarrones sin flores. El auricular del teléfono se me pega a la oreja. Como si incrustándolo en mi apéndice, la respuesta hubiera de llegar antes, como si pudiera abducirme del ruido de la calle. Por qué no descuelga el teléfono, me desespera. Y me aturdo, y me ahogo, y siento que la cárcel se hace pequeña, me exprime y en el fondo de mi cabeza suena y suena un timbre, como una carcajada que se ríe de mí sin parar. Y me ahogo, juro que me ahogo y que me falta el aire. ¿Por qué no atiende mi llamada? Estarán las puertas del balcón abierto, y el aroma a geranios, me ahogo, y el de la lavanda. Me ahogo. Me ahogo.
    Richard Estes - Cabinas telefónicas (1967)